El caos y la Política

Columna Blog CreoFalso 02 de marzo 2010

Llama la atención las escenas de caos y destrucción que vemos en vivo y en directo por la televisión.

Muestran como unos tipos tiran una bomba, no estoy exagerando, UNA BOMBA, a un Mall causando un incendio, desviando la atención de bomberos desde las labores de rescate hasta el centro comercial.

Esta acción inexplicable es justificada como una estrategia para evitar que las fuerzas de orden (policías y militares) estén concentradas en la protección de las viviendas de los civiles, para poder realizar algunos asaltos y saqueos.

Pero tanta maldad y organización parece superar los límites de la desesperación y codicia humana. Las razones éticas no alcanzan para darnos a entender las directrices que llevan a estas personas a realizar dichas acciones. Cuando la ética queda corta, siempre podemos encontrar la verdadera causa en las estrategias políticas.

La historia tiene potentes ejemplos de movimientos políticos provocados por dirigentes deseosos de popularidad y gobernabilidad que estuvieron dispuestos a incendiar sus imperios, como Nerón con Roma, para conseguirla.

No hay elementos para afirmar nada, pero tanto caos sólo ha favorecido a cierto sector más conservador de nuestro país. Con el desorden nunca ganaron los Anarquistas, como piensan algunos, sino los grupos más reaccionarios de la sociedad.

Aunque no se puede culpar a ninguna estructura política, no deja de ser sospechoso el aprovechamiento político que efectúan algunos. El terremoto es natural, los saqueos es parte de la maldad humana, pero alimentar tanto desorden e inseguridad, comúnmente, tiene una razón política.

¿Cuál es la explicación para esto?

En nuestros días la realidad se vuelve tan irreal que no es necesario vivir las situaciones, para estar seguro de como sucedieron y cuál es su conformación. De esta forma la mayoría de las personas se ha acostumbrado a identificar como causa los fenómenos emitidos bajo una leyenda tendenciosa, que responde a conocidos intereses editoriales.

Por ejemplo, las escenas de saqueos parecieran describir a un chileno estéticamente solidario y realmente codicioso. La Teletón se identifica como un ejemplo de altruismo que nos hace parecer buenos y desinteresados. Pero las imágenes bombardeadas por los distintos noticiarios, nos hace pensar que somos egoístas y malvados. Se toma como una certeza que la gente del sur de Chile son más amables, pero ¿Los despachos de la televisión no vienen de esa zona?

En el supermercado pude ver cómo personas llenaban carros con comida, como si el tsunami cubriera el Santa Lucía, esta sensación de inseguridad crea un clima muy favorable para las posturas más duras identificadas con las derechas políticas. De la misma forma que los grandes comerciantes suben los pesos por una posible e imaginaria escasez, en Santiago existe una “especulación del saqueo”, que instaló un terror a la inhumanidad injustificada por la realidad.

La razón de lo nombrado en el anterior párrafo, es la estructura de la verdad que hemos aprendido a creer desde hace algunos años. Vivimos la Guerra del Golfo y el ataque a la Segunda Torre Gemela por televisión, muchachos toman como parte de su vida cotidiana una no realidad, llamada realidad virtual, que se ha convertido en un espacio más real que la propia realidad. La conectividad y la HD nos hace pensar que cada vez lo emitido por el televisor no es sólo cada día más detallado, sino un reemplazo de la muy definido de la verdad efectiva del mundo.

Por lo tanto, los nuevos Nerones no necesitan incendiar su imperio, sólo basta con enfocar y reforzar los elementos de la verdad desde la cual queremos atrapar al televidente para ir construyendo su visión de las situaciones y sus acciones futuras.

Eso no quiere decir que no financien campañas de terror que involucre muerte, podemos recordar el caso del periodista brasileño que financiaba asesinatos para tener la exclusiva. Pero en nuestros días pueden provocar un efecto más efectivo, manchándose menos las manos, sólo necesitan informar y reinformar, aunque claro, sólo la parte editorialmente conveniente.